domingo, 17 de agosto de 2014

CATEQUESIS DOMINCAL

XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. Ciclo A.
LA UNIVERSALIDAD DE LA SALVACION.
 
1ª Lectura: Isaías 56, 6-7: La casa de Dios es para todos. Isaías escribe seguramente cuando Israel acaba de volver de exilio de Babilonia. Es uno de textos más universales del Antiguo Testamento. Los extranjeros son invitados por Dios a formar parte de la comunidad del pueblo de Dios. El profeta anuncia que los extranjeros adorarán al verdadero Dios, le servirán y observarán su preceptos.
  • 2ª Lectura: Romanos 11, 13-15.29-32. La salvación llega a la gentilidad. Pablo constata que los paganos eran considerados pecadores y enemigos de Dios, y los hebreos, pueblo escogido. Ahora los judíos se han vuelto desobedientes y los paganos han descubierto la misericordia de Dios. Pablo quiere despertar los celos en los judíos para que ellos también la acepten. Le duele que, habiendo sido ellos los depositarios de esa salvación, se queden al margen de ella.
  • Evangelio: Mateo 15, 21-28: Una mujer extranjera suplica a Jesús. Jesús alaba la fe de una mujer extranjera, sirofenicia. La fe está por encima de razas y de ideologías. La fe aceptada consciente y libremente hace milagros.
 
Queridos hermanos y hermanas en Cristo: Las lecturas de hoy hablan de la universalidad de la salvación. Mientras el profeta Isaías rompe el particularismo judío y abre la salvación a los extranjeros si guardan el sábado y practican la justicia, Jesús, en el evangelio de Mateo, pone como única condición la fe, Toda oración será escuchada, no importa si la expresa un judío o un pagano. Como dice Pablo en la Carta a los Romano, todos podemos alcanzar a misericordia. Esta es la voluntad de Dios: que todos los hombres se salven; pero esto no será así en la mente de los judíos.
Que la discriminación era un hecho en tiempos de Jesús queda patente en los evangelios, no sólo en el que leemos hoy. Los judíos no se hablaban con los samaritanos. Los extranjeros no eran bien vistos; el mero hecho de serlo les convertía en enemigos automáticamente, Los estamentos religiosos cerraban filas guardando las distancias entre sumos sacerdotes, sanedrín, doctores de la ley, escribas y fariseos. Al margen de todo y de todos, para evitar contaminarse, quedaban los publicanos, los pecadores.
Mira por donde, llega Jesús, y no solamente rompe los muros de separación y se acerca a todos, sino que sus preferencias se centran en los marginados: extranjeros, pobres, pecadores... Los discípulos de Jesús no eran todos ellos gente de buena reputación ni gozaban de buena posición social. Jesús no olvida que su misión inicial iba dirigida al pueblo de Israel, el pueblo elegido. Así se lo recuerda a la buena mujer cananea del evangelio de hoy: "Me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel". Pero Jesús ha entendido que él trae la salvación de Dos para todos, sin distinción alguna religiosa, política o social. Para él no existen barreras. Y pide a su vez que quien se acerca a él derribe con la fe las barreras del pecado que pueda haber levantado su corazón y los otros muros de separación religiosa o social.
Esta es la fe que tenía esa buena mujer del evangelio. Por eso Jesús, al ver tanta de en ella, exclama diciendo: "Mujer, que grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas". Le rompe todos los miedos que tenemos sobre los demás, nos hace vencer los obstáculos que vamos encontrando en el camino de la vida; nos hace ser valientes en situaciones difíciles... sobre todo, la fe abre las puertas de la salvación y hace milagros. La salvación no es patrimonio de unos pocos, sino de toda la humanidad. La fe rompe fronteras y hace que los hombres se hermanen en Cristo. Amén.

CATEQUESIS DOMINICAL

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCION DE LA VIRGEN
FESTIVIDAD DE N.S. DE LOS REMEDIOS
15 de Agosto de 2014
 
  • 1ª Lectura: Apocalipsis 11, 19a; 12, 1.3-6a.10ab: María en el Apocalipsis. La liturgia de hoy nos presenta el misterio de María, la mujer vestida de sol y llena de luz, según la figura simbólica de la mujer del Apocalipsis. María asunta al cielo ha sido asociada a la victoria de Cristo.
  • 2ª Lectura: I Corintios 15, 20-27a: El triunfo de Cristo es el triunfo de María y de la Iglesia. Pablo transcribe a los cristianos de Corinto su convicción de que nuestra resurrección es lógica consecuencia de la de Cristo. Pablo no nombra a la Virgen María como partícipe de esa resurrección a la vida, pero la fiesta de hoy nos presenta a María como la primera que participa del triunfo de Cristo.
  • Evangelio: Lucas 1, 39-56: María, la bienaventurada. Lucas pone en la boca de la Viren María un himno que sintetiza las maravillas que el Señor ha realizado. Es el canto pascual que agradece a Dios, que sabe enaltecer a los humildes. El Magníficat es la respuesta agradecida de todo creyente.
 
Queridos hermanos y hermanas en Cristo: La  Iglesia celebra en pleno verano la figura de María. Muchos pueblos la celebran hoy, 15 de agosto, como patrona bajo diversas advocaciones. Hoy, en Arroyomolinos de León, la celebramos bajo la advocación de Nuestra Señora de los Remedios. Se trata de la fiesta de la Asunción; una de las fiestas que más llaman la atención en la vida de María. Ella es glorificada y asociada a la victoria de Cristo.
Es una gracia que nos reunamos una vez más, para celebrar esta antigua fiesta cristiana: la Asunción de María a la gloria del cielo en cuerpo y alma, es decir, en todo su ser humano, en la integridad de su persona. Así se nos da la gracia de renovar nuestro amor a María, de admirarla y alabarla por las "maravillas" que el Todopoderoso hizo por ella y obró en ella.
Al contemplar a la Virgen María se nos da otra gracia: la de poder ver en profundidad también nuestra vida. Sí, porque también nuestra existencia diaria, con sus problemas y sus esperanzas recibe la luz de la Madre de Dios, de su itinerario espiritual, de su destino de gloria: Un camino y una meta que pueden y deben llegar a ser, de alguna manera, nuestro mismo camino y nuestra misma meta. Nos dejamos guiar por los pasajes de la Sagrada Escritura que la liturgia nos propone hoy. Quiero reflexionar, en particular, sobre una imagen que encontramos en la primera lectura, tomada del Apocalipsis y de la que hace eco el evangelio de San Lucas: la del arca.
En la primera lectura escuchamos; "Se abrió en el cielo el santuario de Dios, y apareció en su santuario el arca de su alianza" (Ap 11, 19). ¿Cuál es el significado del arca? ¿Qué aparece? Para el Antiguo Testamento, es el símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Pero el símbolo ya ha cedido el puesto a la realidad. Así el Nuevo Testamento nos dice que la verdadera arca de la alianza es una persona viva y concreta: es la Virgen María. Dios no habita en un mueble ni en algo hecho por el hombre. Dios habita en una persona, en un corazón: María, la que llevó en su seno al Hijo eterno de Dios hecho hombre, Jesús nuestro Señor y Salvador.
María es el arca de la alianza, porque acogió en sí la Palabra viva, todo el contenido de la voluntad de Dios, de la verdad de Dios; acogió en sí a Aquel que es la Alianza nueva y eterna, que culminó con la ofrenda de su cuerpo y de su sangre: cuerpo y sangre recibidos de María. Con razón, por consiguiente, la piedad cristiana, en las letanías en honor de la Virgen, se dirigen a ella invocándola como "Arca de la Alianza", arca de la presencia de Dios, arca de la alianza de amor que Dios quiso establecer de modo definitivo con toda la humanidad.
El pasaje del Apocalipsis quiere indicar otro aspecto importante en la realidad de María. Ella, arca viviente de la alianza, tiene un extraordinario destino de gloria, porque está íntimamente unida a su Hijo, a quien acogió en la fe y engendró en la carne, que comparte plenamente su gloria del Cielo. Es lo que sugieren las palabras que hemos escuchado: "Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; y está en cinta (...), Y dio a luz un hijo varón, el que ha de pastorear a todas las naciones" (Ap 12, 1-2;5). La grandeza de María, Madre de Dios, llena de gracia, plenamente dócil a la acción del Espíritu Santo, vive ya en el cielo de Dios con su ser, alma y cuerpo.
Queridos hermanos, estamos hablando de María pero, en cierto sentido, también estamos hablando de nosotros, de cada uno de nosotros: también nosotros somos destinatarios del inmenso amor que Dios reservó -ciertamente, de una manera absolutamente única e irrepetible- a María. En esta solemnidad de la Asunción (Nuestra Señora de los Remedios) contemplamos a María: ella nos abre a la esperanza, a un futuro lleno de alegría y nos enseña el camino para alcanzarlo: acoger en la fe a su Hijo; no perder nunca la amistad con Él, sino dejarnos iluminar y guiar por su Palabra; seguirlo cada día, incluso en los momentos en que sentimos que nuestras cruces resultan pesadas. María, el arca de la alianza que está en el santuarios del cielo, nos indica con claridad luminosa que estamos en camino hacia nuestra verdadera Casa, la comunión de alegría y de paz con Dios. Amén.

domingo, 10 de agosto de 2014

CATEQUESIS DOMINICAL

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. Ciclo A
DIOS SE MANIFIESTA.
 
Ideas principales de las lecturas de este domingo:
  • 1ª Lectura: 1 Reyes 19, 9a. 11-13a: Dios se hace presente en la tenue brisa. Elías descubre que Dios pasa en el susurro imperceptible. Dios es trascendente y desconcertante para el hombre. Se le encuentra más en el silencio que en el ruido, más en la pequeñez que en la grandiosidad.
  • 2ª Lectura: Romanos 9, 1-5: Pablo reta a su pueblo Israel. Pablo vive el drama de su pueblo porque comprueba que los hijos de Israel no han querido reconocer a Jesús como Mesías. Para que crean los de su raza está dispuesto a ser proscrito.
  • Evangelio: Mateo 14, 22-33: La presencia del Señor en el mar. Jesús calma la tempestad y enseña a saber afrontar sin miedo el riesgo de creer. El creyente no puede vacilar ante las dificultades que surgen en la vida, porque Cristo está siempre presente en su caminar.
Queridos hermanos y hermanas en Cristo: Pensando un poco en el mundo en que vivimos, nos damos cuenta que hay excesivo ruido; demasiados gritos que impiden escuchar la vos de Dios y percibir su paso entre nosotros. Es cierto que Dios está en todas partes. Pero para encontrarse con él es preciso buscarle: en la brisa, en el susurro, en el silencio. un mundo muy distinto al mundo en el que vivimos. De ello nos habla la primera lectura de hoy.
En el reino del Norte, la reina Jezabel, de origen fenicio, quiere implantar entre los israelitas el culto al dios Baal. El profeta Elías levanta su voz contra aquella imposición idolátrica que mata a la religión de Yahvé-Dios. Por ello es perseguido y tiene que huir hacia el sur de Judá, y camina hacia el monte Horeb, ocultándose en una cueva porque le buscaban para quitarle a vida.
El profeta busca a Dios como refugio en su angustia. Una búsqueda manifiestamente interesada. Y va la lugar donde el Señor se había revelado en varias ocasiones. El Horeb es el "monte de Dios" en el desierto. Allí el Señor le asegura que "salga de la cueva porque va a pasar" y quiere encontrarse con él. Pero el Señor no estaba ni en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego devastador, sino en la brisa, en el susurro, en la suavidad del viento.
Mis queridos hermanos y hermanas, los signos de la presencia y manifestación de Dios son imprevisibles. Pero, desde luego, no se le encontrará en la violencia, en el alboroto, ni en ninguna experiencia que implique sufrimiento para el hombre. El hombre busca a Dios, pero es Dios quien elige el modo y el medio a través de los cuales quiere manifestarse a los hombres.
En nuestras angustias, en nuestros sufrimientos, en nuestras dudas, busquemos a Dios con sencillez, con humildad y él se hará presente en el modo que más convenga; y él mismo se encargará de buscar el medio por el cual se va a dar a conocer. No le pidamos que se manifieste espectacularmente porque nos pasará como al profeta Elías: no lo hallaremos. Nuestro encuentro con Dios se realizará en la calma y en la serenidad. Ese es el riego de nuestra fe: confiar en Dios que se manifiesta de forma imprevisible.
Hermanas y hermanos, las tres lecturas del domingo de hoy nos invitan a confiar en Dios; que no somos nosotros quienes deben decidir cómo queremos que se manifieste él en nuestras vidas, ni está en nuestras manos elegir el medio a través del cual llegue su salvación a nosotros. Él nos dice hoy en el salmo que la "salvación está ya cerca de sus fieles". Dios está al lado de su pueblo. Pero su presencia nos pasa, en ocasiones, desapercibida. Hay que estar atentos, como Elías en la puerta de la cueva, para reconocerlo en el ligero susurro de una brisa suave. Hay que tener los ojos de la fe bien abiertos para no confundir al Señor que se acerca caminando sobre las aguas con un fantasma, como les ocurre a los discípulos en el relato del evangelio. Del mismo modo, Pablo, en la carta a los Romanos, confiesa que se siente invadido por la tristeza por su pueblo, los de su propia raza, los elegidos desde antiguo, porque no han sabido reconocer en Jesús al Hijo de Dios. Amén.

lunes, 4 de agosto de 2014

CATEQUESIS DOMINICAL

XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. Ciclo A.
EL ALIMENTO QUE SACIA.
 
Ideas principales de las lecturas de este domingo:
  • 1ª Lectura: Isaías 55, 1-3: Los hambrientos están saciados. El pueblo de Dios en el exilio tiene hambre y sed no de alimentos, sino de liberación, y están deseosos de volver a la patria. Sólo Dios podía colmar sus deseos, pero le impuso las condiciones de escuchar su Palabra y ser fieles a la Alianza.
  • 2ª Lectura: Romanos 8, 35.37-39: El bien absoluto. Pablo recuerda a los romanos las realidades que ponen en peligro la salvación. Hay realidades capaces de apartarnos del amor de Dios, pero nada ni nadie podrá separarnos de ese amor. Quien sigue a Cristo no puede ser vencido por el pecado; por el contrario, es el vencedor por la fuerza del Señor.
  • Evangelio: Mateo 14, 13-21: La multiplicación de los panes. Jesús se compadece del hombre que atraviesa situaciones difíciles y pide colaboración, por insignificante que sea. Le entregaron unos panes y peces y alimentó con ellos a una multitud. El pan es el signo de los tiempos mesiánicos. El Maestro partió el pan para ser compartido con los que sufren hambre corporal y espiritual. De esta forma enseña a sus apóstoles que nunca pueden despedir a nadie con las manos vacías.
Queridos hermanos y hermanas en Cristo: El domingo pasado terminamos el discurso sobre el Reino de Dios. Poníamos el acento sobre los valores de ese Reino. Y dijimos que Jesucristo es el valor supremo que sustenta todos los demás valores que edifican nuestra vida espiritual y humana. Las lecturas de este domingo decimo octavo del tiempo ordinario giran en torno a la Iglesia, como primicia del Reino de Dios. Hoy, en el evangelio, nos vamos a centrar en un milagro, el de la multiplicación de los panes y los peces, que es una figura de la Eucaristía. Pero también vamos a hablar sobre otros temas importantes como la invitación que hace el profeta Isaías a los sedientos y hambrientos en la primera lectura y la exaltación del amor de Dios que hace San Pablo en la segunda lectura.
El profeta Isaías vivió en el seno de una comunidad de pobres marcada duramente por la experiencia del exilio. A esa comunidad pobre le faltaba el pan material y también el espiritual, es decir, su gente andaba carente de muchas cosas que hacen felices a los hombres. Por ello, el profeta invita a levantar los ojos a Dios que les colmará de lo que verdaderamente llenará su corazón. La invitación de Isaías se dirige hoy a todos que tienen "sed de Dios". La invitación se dirige a quienes se sienten pobres, a los que no buscan la salvación en los bienes materiales. Después de haber puesto sus esperanzas de salvación en las diversas ofertas de los hombres, el profetas les invita a poner sus ojos en Dios que será el único que saciará sus anhelos y sus hambres. Esta confianza en Dios va a ser algo característico de la fe de aquellos que esperan el Reino futuro. Solo aquellos que se sienten necesitados de Dios se encuentran con Dios; a éstos Dios sale al encuentro.
San Pablo, en la segunda lectura, retoma ese mismo tema de la confianza en Dios ligándolo con el amor que Dios nos tiene, a pesar de muchas circunstancias adversas que sufrimos en nuestra propia carne. Hoy nos recuerda, una vez más, que el creyente tiene que sufrir pruebas que pueden hacer vacilar su fe. Para San Pablo las angustias, las dificultades, las persecuciones, los peligros, la pobreza, las opresiones... no son suficientemente fuertes como para derrotar al cristiano que es digno de ese nombre. No existe nada en el mundo que pueda "apartarnos del amor de Dios". Es más, el amor a Dios va creciendo en aquel que vive acosado por las dificultades que le salen al paso. Estamos ante un himno optimista que nos dice que si Dios nos ama, si Dios está con nosotros y nosotros queremos estar unidos a Dios y a Cristo el Señor, ningún poder humano ni sobrehumano podrá arrebatarnos ese amor ni podrá romper nuestra unión con el Señor.
Esa confianza, ese amor de Dios se manifiesta hoy en el milagro de la multiplicación de los peces y los panes. Jesús se presenta hoy en el evangelio como el acompañante del hombre en su peregrinación por el mundo hacia el Reino definitivo de Dios. Y ofrece pan a los necesitados. Incluso él mismo se hace "PAN" para el peregrino.
Mis queridos hermanos, aunque es el Señor quien multiplica el pan, la distribución se hace por medio de sus discípulos. Los bienes del Reino vienen de Dios; la salvación de los hombres está en Cristo-Jesús. Pero los discípulos, los cristianos, no podemos estar al margen de esas realidades. Somos nosotros quienes tenemos que proclamar que "el pan y la salvación" es para todos los hombres sin distinción alguna. También nosotros hemos de colaborar para que el "pan de la salvación" llegue a todos los ambientes. La fe tiene que ser misionera. Amén.

domingo, 27 de julio de 2014

CATEQUESIS DOMINICAL

XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. Ciclo A
LOS VALORES DEL REINO.

Ideas principales de las lecturas de este domingo:
  • 1ª Lectura: Reyes 3, 5.7-12: La sabiduría como valor. Salomón comprendió que escuchando y orando a Dios puede encontrar la verdadera sabiduría para gobernar a su pueblo. La sabiduría es un don divino que hemos de pedir, porque él nos ayuda a discernir claramente entre lo que es bueno y malo, entre lo pasajero y lo permanente.
  • 2ª Lectura: Romanos 8, 28-30: El plan salvífico de Dios. Pablo anuncia con alegría cuál es el plan salvador de Dios. Comienza por llamarnos, nos hace justos y nos destina a la gloria.
  • Evangelio: Mateo 13, 44-52: El gran tesoro. Jesús continúa hablando a la gente sencilla en parábolas y revela los secretos del Reino. El Evangelio de hoy contiene tres parábolas. Las tres insisten en el gran valor del Reino de Dios.
Queridos hermanos y hermanas en Cristo: El libro de los Reyes (1ª lectura) nos presenta el inicio del reinado de Salomón, el rey sabio por antonomasia. El rey, antes que bienes materiales y la gloria human, pide a Dios sabiduría para gobernar con justicia. Ésta es la misma experiencia que refleja el salmista al decir que ama los mandatos del Señor porque le ayudan a vivir más que otro bien. El sueño de Salomón en Gabaón ilustra las parábolas del tesoro y la perla que leemos en el evangelio de este domingo decimoséptimo del tiempo ordinario: Jesús nos dice que la verdadera sabiduría es la de ver la realidad que trae el Reino por él inaugurado. Ese tesoro del Reino está dentro de nosotros mismos, pues llevamos la impronta de Dios y estamos destinados, como dice Pablo (2ª lectura), a reproducir la imagen de su Hijo, despojándonos del hombre viejo.
Mis queridos hermanos, el mensaje central que ofrecen los tres textos de la liturgia de este domingo versa sobre los valores del Reino que hemos de descubrir los cristianos; pero hemos de descubrirlos siguiendo las orientaciones del que es el "valor supremo": Jesucristo. Él nos invita hoy a saber guardar el tesoro hallado, es decir, la FE y aquellos otros valores que edifican nuestra vida human y espiritual. No se trata de una tarea fácil. Ni en los tiempos del rey Salomón ni ahora; porque vivimos en un mundo y en una sociedad que promueven valores muy confusos, cuando no contrapuestos. Proponen una forma de vida basada en lo cómodo y fácil, donde la conciencia se adormece; por otro lado, gastamos fuerzas en lo que es secundario o superfluo. Lo importante para los católicos es descubrir los valores del espíritu y optar por ellos.
No nos basta sólo con discutir si estos y otros valores son verdaderos o falsos, si perduran o son efímeros, si salvan y dan felicidad o sólo ofrecen un bienestar instantáneo. Corremos el riesgo de imponer cada uno de nosotros nuestros propios gustos para establecer lo que es bueno y lo que es malo, lo que me gusta o lo que no me gusta, etc. El rey Salomón evitó esta tentación, por eso pidió a Dios un corazón dócil, humilde para gobernar con sabiduría, para poder discernir el bien y el mal. La verdadera sabiduría, la que pidió el rey, es la única que nos orienta hacia los valores espirituales, los que permanecen.
Esta enseñanza nos prepara de modo admirable a la que Jesús imparte en el evangelio de hoy. El Señor también nos pide a sus seguidores el saber descubrir lo más valioso y precioso para un creyente cristiano; el Reino de Dios. El Señor pide una opción radical por Él que es el tesoro que hemos encontrado en la fe. Descubrir a Jesús en la fe supone vivir desde su vida, su amor, su filiación divina, su fraternidad universal, sus proyectos de un nuevo mundo y de una nueva creación. Y cuando un cristiano descubre por la fe tal maravilla, se siente el más dichoso del mundo y se llena de alegría. Un cristiano ha de vivir su fe gozosamente porque se sabe poseedor de la mayor de las dichas. Amén.

domingo, 20 de julio de 2014

CATEQUESIS DOMINICAL

XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. Ciclo A.
LA PACIENCIA DIVINA.
 
Ideas principales de las lecturas de este domingo:
  • 1ª Lectura: Sabiduría 12, 13. 16-19. La paciencia de Dios: El sabio medita los acontecimiento de la historia con ojos nuevos, los recuerda en su mente y saca sus consecuencias para la vida. Mira atrás y descubre la presencia de Dios, que es el principio de la justicia y de la misericordia. Este mismo Dios se muestra, además, comprensivo y perdona al pecador que se convierte. Dios que es divino, enseña al hombre a ser humano.
  • 2ª Lectura: Romanos 8, 26-27. El Espíritu viene en nuestra ayuda: Pablo habla de la importancia e influencia del Espíritu Santo en la vida cristiana. El Espíritu ayuda a nuestra debilidad natural y nos enseña a rezar para saber pedir lo que nos conviene.
  • Evangelio: Mateo, 13, 24-43. El estilo paciente de Dios: El evangelio de hoy propone tres parábolas muy breves: el grano de mostaza, la levadura y el grano de trigo. La paciencia de Dios permite que el Reino de Dios crezca en medio del mal. Jesús, además, expone en otras dos parábolas lo que es el Reino de Dios.
Queridos hermanos y hermanas en Cristo: Seguimos con la explicación sobre el nuevo Reino, frente al viejo Pueblo de Dios, al que fustiga Mateo con sus parábolas. El domingo pasado fue la del sembrador. Éste es el de la cizaña. Aquella fue la del realismo, poca respuesta recibe la Palabra de Dios. Ésta de hoy es la parábola de los contraste: el trigo y la cizaña (el bien y el mal), el dueño y el enemigo, la paciencia del dueño y la prisa de los jornaleros, el presente y el final. Toda una explicación de la Iglesia, el Reino de Dios en la tierra, a base de preciosos contrastes que nos deben hacer pensar, sobre todo en la figura de Dios, representado por aquel dueño que llena con su categoría toda la página del evangelio.
Vivimos en un mundo en el que están presente el bien y el mal. Sin embargo, podemos transformar el mal y hacer que la levadura del bien fermente la masa y la haga crecer. A veces sembramos el bien y aparece el mal. ¿Por qué? Por recordar una cuestión angustiosa para mucha gente de nuestro tiempo: Muchos padres cristianos han procurado la mejor educación religiosa a sus hijos y les ha dado buenos ejemplos, y, sin embargo,  ha aparecido la cizaña en casa. ¿De dónde viene el mal?, nos preguntamos impacientes. Quizá estemos tentados, como los criados de la parábola, de arrancar el mal para extirpar la cizaña, con el riesgo de arrancar también la buena semilla. ¿Nos gustaría que Dios lo hiciera así? Él no actúa de esta manera, sino al contrario, hace salir el sol y hace llover sobre buenos y malos. El Señor quiere que seamos como él, y nosotros queremos que él sea como nosotros, intransigente e intolerante con los malos. En vez de ser nosotros "imagen de Dios paciente", pretendemos sutilmente que Dios sea imagen nuestra. Y ésta no es la lógica de la Palabra de Dios de este Domingo.
Queridos hermanos y hermanas, toda la liturgia de la Palabra de este domingo decimosexto del tiempo ordinario, nos remite a meditar y observar la manera como Dios actúa frente a estos contrastes que habitualmente nos presenta la vida. Tanto el Libro de la Sabiduría (primera lectura), como el salmo responsorial de hoy nos hablan de la benignidad y la indulgencia de un Dios "clemente y compasivo, lleno de amor fiel", cuya justicia se armoniza perfectamente con su compasión.
Seamos como el sabio del libro sagrado que medita los acontecimientos de la historia con ojos nuevos, los recuerda en su mente y saca sus consecuencias para la vida. Mira atrás y descubre la paciencia de Dios, que es el principio de la justicia y de la misericordia. Este mismo Dios se muestra, además, comprensivo y perdona al pecador que se convierte. Dios que es divino, enseña al hombre a ser humano.
Nuestro Dios sabe tener paciencia con los hombres, convirtiendo el presente en u espacio para la gracia y una oportunidad para la conversión. Seamos, así, como nuestro Dios, y no pretender queél sea como nosotros. Amén.

domingo, 13 de julio de 2014

CATEQUESIS DOMINICAL

XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. Ciclo A.
LA LLUVIA DE DIOS.
 
Ideas principales de las lecturas de este domingo:
  • 1ª Lectura: Isaías 55, 10-11. La palabra de Dios es como la lluvia. Los seres humanos nos comunicamos por medio de la palabra. Sin ellas es difícil expresar los secretos y sentimientos del corazón. Dios se ha comunicado con el hombre por la Palabra. La palabra de Dios ha creado el mundo y ha salvado al hombre, porque es viva y dinámica, fecunda y eficaz. Se compara a la lluvia y a la nieve que fecunda la tierra. La palabra de Dios siempre es fiel, eficaz y fecunda.
  • 2ª Lectura: Romanos 8, 18-23. Las fatigas del tiempo presente. El Apóstol exhorta a no desesperarse a pesar que la situación actual no sea del todo buena. La visión cristiana dl mundo es profundamente optimista a pesar de las fatigas, trabajos y sufrimientos del tiempo presente. El cristiano espera la gloria que Dios le tiene preparada.
  • Evangelio: Mateo 13, 1-23. La semilla fecunda. Jesús habla de los "secretos del Reino". La palabra de Dios se parece a la semilla sembrada en el campo que fructifica según el terreno. La tierra es el corazón del oyente. Todos están llamados a preparar el surco, a conocer y poner en práctica las enseñanzas de Jesús.
 
Queridos hermanos y hermanas en Cristo: Las lecturas de hoy, decimoquinto domingo del tiempo ordinario, adoptan un símil agrícola para explicar que la fuerza transformadora del mundo no llega a través de los limitados medios humanos, sino gracias al don poderoso de Dios, que sobrepasa todas las expectativas.
Isaías, en el contexto de un nuevo éxodo, pone toda su confianza en la Palabra de Dios, que alcanzará su cumplimiento devolviendo al pueblo exiliado a la tierra de Israel (1ª lectura). Pablo, en la segunda lectura, explica que toda la creación aguarda expectante la plena manifestación del Reinado de Dios, la vida nueva de los resucitados en Cristo. Y Jesús, en el evangelio,  deposita toda su confianza en la llegada del Reino, con la certeza de que su Palabra no era estéril y anima a continuar sembrando a sus discípulos.
Mis queridos hermanos, vale la pena saber que Isaías, Pablo y Jesús no ponen su confianza en un dios mudo ni lejano, hablan desde su propia experiencia de haber tratado con un Dios vivo que habla a los hombres, y nos invitan hoy a poner nuestra confianza en ese Dios. Ese Dios se revela no solamente el lenguaje silencioso de la naturaleza y de los signos de la creación. Él habla con sus intervenciones históricas en su plan de salvación.
Él habló por mediación de los profetas, que eran los portadores de su palabra. Hablaba en sueños y visiones, y se revelaba en las inspiraciones personales o hablaba directamente como a Moisés. No es un Dios mudo o el Dios del silencio o el Dios muerto. Es el Dios que habla y su Palabra es don que reclama acogida y respuesta. Su Palabra supera todas las bellas palabras humanas imaginables. Porque Dios cumple su palabra, hace lo que dice, realiza lo que anuncia y consuma lo que promete. Él es la Palabra con mayúscula. Por eso merece la pena prepararnos para acoger su palabra en nuestros corazones y en nuestras vidas.
Sabemos que no siempre la tierra, nuestra tierra, la tierra de nuestro corazón está bien dispuesta, mullida y jugosa para recibir la semilla de la Palabra divina. Resuenan en nuestros oídos muchas voces que gritan la mercancía efímera y esclavizante e impiden la escucha de la voz suave y susurrante del Señor. El silencia capacita para acoger la Palabra. Dichoso los que escuchan la Palabra divina y la cumplen. La semilla crece lenta y ocultamente. Ése es el Reino de Dios. La Palabra acogida, creída y anunciada es a la vez nueva semilla en el campo del Reino de Dios. Amén.