CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS SANTOS
HOY ES EL DÍA DE LA ESPERANZA
Ideas
principales de las lecturas de este domingo:
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1ª Lectura: Apocalipsis 7,2-4. 9-14: Los que provienen de la tribulación.
El autor de la Apocalipsis cuenta la visión que tuvo viendo el trono de Dios y
la liturgia celestial para animar a los cristianos perseguidos a perseverar en
la prueba y llegar un día a estar
delante del trono del Cordero.
-
2ª Lectura: I Juan 3,1-3: Somos
hijos de Dios. Por el bautismo somos hijos de Dios, aunque todavía no
se ha manifestado lo que seremos. Si nos mantenemos en su amor, llegaremos a
estar junto a él y a verlo tal cual es.
-
Evangelio: Mateo 5,1-12a: Las bienaventuranzas. Jesús en su discurso programático
indica las actitudes que deben tener sus seguidores. Su mensaje es claro y para
siempre. Los que observen las bienaventuranzas recibirán la recompensa final.
Queridos hermanos y hermanas en
Cristo: la Solemnidad de TODOS LOS SANTOS es una fiesta que invita a la alegría
y a la esperanza. Hemos de estar alegres porque la Iglesia, que somos todos
nosotros, recuerda en un solo día a sus mejores hijos que pasaron por este mundo haciendo
el bien a sus hermanos, los hombres. Hemos de estar esperanzados y
animados, porque ellos nos han abierto un camino a seguir hacia la
casa del Padre. Son nuestros modelos en la vivencia de la fe, y los
hemos de imitar en el seguimiento de Jesucristo. Han logrado la meta a la que
aspiramos nosotros: la santidad.
Todos estamos llamados a ser
santos. Recibimos esta llamada con el sacramente del bautismo: “la puerta de la
fe”, como apunta el Papa Benedicto XVI en la Carta Apostólica Porta Fidei (Puerta de la Fe). Esto
mismo nos lo recuerda la segunda lectura de hoy: “por el bautismo somos hijos de Dios, aunque todavía no se ha
manifestado lo que seremos. Si nos mantenemos en su amor, llegaremos a estar
junto a él y a verlo tal cual es”. Ser hijo de Dios es una condición
‘especial’ para gozar de la visión de Dios. Pero se requiere mantenerse firme en el amor para
poder estar junto a él y verlo tal cual es. Esta visión beatífica sólo la han
alcanzado los Santos que conmemoramos hoy.
Mis queridos hermanos y hermanas,
nuestro reto es ver a Dios tal cual es y estar junto a él. Hay que avisar que
no es un reto cualquiera; no induce a la violencia, ni a la rivalidad. Se
trata, más bien, de una lucha serena y pacífica contra las mentalidades,
actitudes, estructuras políticas, sociales y de relación con los hermanos, que
se imponen y se oponen a los valores del Reino de Dios. Y a esto nos invita Jesús hoy con el
Evangelio del Sermón de la montaña. Este pasaje del Evangelio, más allá de ser
obra maestra de Mateo, que transmite paz y tranquilidad, es, en todo caso, una
revolución de estructuras sociales, de relaciones humanas y, sobre todo,
espiritual.
Jesús vivió también en un mundo
turbulento y en una época ‘conflictiva’ como la nuestra, con muchos problemas
políticos, económicos y sociales que clamaban la justicia y un poco de “humanidad”,
esto es, sensibilidad. Jesús no aprobaba la existencia de
los pobres, los sufridos, lo que lloran, los que pasan hambre, los discriminados,
los perseguidos, los humillados... porque sabía que había gente que provocaba,
sustentaba y defendía esta situación incómoda para muchos de sus
contemporáneos. Y para erradicarla, no recurrió a la violencia, ni al cambio
drástico de las estructuras político-sociales, sino al de mentalidad y
actitudes. Esta invitación de Jesús a los de su época sigue siendo válida hoy
para nosotros. El sermón de la montaña o las bienaventuranzas siguen
instruyéndonos hoy a nosotros los cristianos. Jesús nos sigue hablando de poner
la otra mejilla en vez de vengarse, de amar a los enemigos en vez de odiarlos,
de hacer el bien a quienes nos odian, de bendecir a quienes nos maldicen y de
perdonarlos setenta veces siete (Mt 5,38-43); Lc 6,27-37; Mt 18,22). Esto
bastaría para revolucionar nuestras relaciones y nuestra espiritualidad. Los
que viven de acuerdo con esta lógica de Jesús en esta vida, y sólo los que
viven así en esta vida, tienen garantizada la promesa de la felicidad sin fin
que soñamos todos, aunque nos cuesta creer en ella, a la que denominamos la
vida eterna. Es, en definitiva, la vida de TODOS LOS SANTOS. Amén.

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