viernes, 23 de agosto de 2013

CATEQUESIS DOMINICAL

XXI DOMINGO DEL TIEMPO DEL ORDINARIO. Ciclo C.
EL ESPÍRITU ES UNIVERSAL

Ideas principales de las lecturas de este domingo:
-          1ª Lectura: Isaías 66,18-21: El día de la reunión y de la ofrenda. El Profeta revela el interés que tiene Dios en reunir a todos los hombres. El domingo es el día en el que el Señor nos reúne y nos manifiesta su gloria y nosotros le ofrecemos nuestros dones.
-          2ª Lectura: Hebreos 12,5-7. 11-13: Tiempo de la corrección. La lectura nos recuerda los dos frutos principales de la corrección: la participación en la santidad de Dios y alcanzar la herencia eterna reservada a los hijos.
-          Evangelio: Juan 13,22-30: El Reino abierto a todos. Jesús, camino de Jerusalén, insiste en la universalidad de la salvación y en nuestra responsabilidad de poner los medios necesarios para entrar por la “puerta estrecha”.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo: La catequesis de este Vigésimo primer Domingo del Tiempo  Ordinario versa sobre un tema que suele ser un problema acuciante para la humanidad: el destino definitivo del hombre. Los hombres de todos los tiempos se han preguntado por el más allá. Unos, desde posturas puramente inmanentes y materialistas, negando rotundamente la existencia de la otra vida, y/o fomentando un estilo de vida que se agota en el disfrute del presente porque, según ellos, el futuro es incierto y esta vida se acaba muy pronto. Otros, desde posturas que dejan lugar a la trascendencia, tema que nos plantean las lecturas de hoy: la preocupación por la salvación. De ahí la pregunta que el discípulo del evangelio le hace a Jesús: ¿serán pocos los que se salven? En el fondo todos tenemos unas preguntas sobre el destino de nuestra vida: ¿Son muchos los que se salvan? ¿Quiénes van a salvarse? ¿Me voy a salvar yo? – Preguntamos a menudo.
Pero en el fondo, estas preguntas revelan un cierto interés según las personas que las plantean. Algunas se obsesionan sólo por su propia salvación o la de su propio grupo, sin importarles la de todos los hombres; otras, prefieren que todos se salven indiscriminadamente, sin cuestionar la vida que llevan o hayan llevado (porque Dios es bueno). Por eso Jesús interviene hoy para esclarecer este tema de la salvación. Y responde que la salvación no es cuestión de pocos o de muchos; no es cuestión de cantidad. La salvación, según el Señor, está al alcance de todos. Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Lo que pasa es que no todos están dispuestos a recorrer el camino que lleva a ella.
El camino ofrecido por Jesús exige una aceptación personal. No es suficiente con pertenecer a un pueblo determinado, nacer en una familia cristiana, practicar, por tradición, una religión. Es preciso aceptar personalmente el Evangelio de Jesús y mantenerse dispuestos a cumplirlo, a pesar de las caídas que se puedan tener o debilidades que no se logren superar.
El camino ofrecido por Jesús exige también un perfeccionamiento de nuestra vida a través de la corrección. Muy acertadamente nos habla la Carta a los Hebreos en la segunda lectura. El sufrimiento y las contrariedades no podemos considerarlas como un “castigo de Dios”, sino como una prueba que se nos ofrece para corregir nuestros errores o defectos y una ocasión para lograr un mayor perfeccionamiento en nuestra vida.
Por eso nos exhorta Jesús en el Evangelio: “esforzaos en entrar por la puerta estrecha”. Esto equivale a decir que el camino que lleva a la salvación no es precisamente camino de rosas, sino un camino de trabajo, de esfuerzo, de coraje, recorrido (eso sí) con alegría, gozo y entusiasmo. Es un camino que afecta toda nuestra vida. No es solamente cuestión de si vamos a misa o recibimos algún Sacramento, o si hacemos alguna obra buena en alguna ocasión. No es cuestión de méritos o de réditos. Se trata de orientar toda la vida hacia Dios: con toda el alma, mente y corazón
Con este planteamiento, Jesús nos quiere dejar claro que los que se salvan son los que no preguntan, pero viven según el Evangelio. Los que se salvan son los que cumplen la ley evangélica; los que viven preocupados por ser mejores cada día y quieren santificarse y perfeccionarse en los quehaceres de cada día; son los que no pecan y si pecan piden perdón al Señor y al hermano ofendido; son los limpios de corazón y ponen en práctica las bienaventuranzas; los que hacen buenas obras y están dispuestos a ayudar al hermano necesitado; son los que aman a Dios y al prójimo, porque el amor hace entrar en el Reino por la puerta estrecha; los que se salvan son los que confían plenamente en el Señor y no en sus fuerzas. Amén.

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